PARTE 1
2.- LOS RICHARDSONS DE PARÍS
Allí me tuvieron cinco años prisionero. Durante el tiempo que estuve allí, tenía un duro entrenamiento mediante palizas para saber defenderme de mis supuestas víctimas y tres horas seguidas de instrucción. Un día, me dijeron que ya tenía suficiente edad como para empezar con el trabajo. Sólo tenía diez años en ese entonces. A esa edad, decían que ya estaba lo suficientemente preparado como para introducirme por ventanas de forma más rápida y podría hacer menos ruido.
Los que yo pensaba que eran los Reyes Magos no eran más que una banda de ladrones, los famosos Richardsons de París, compuesta por los hermanos Charlie, Eddie y David, este último el más joven y el más temido.
Ellos trabajaban para su padre, el Señor Richard. El ser más ruin y despreciable que jamás había conocido. A parte de los tres hermanos, tenía una única hija. Natalie, de ocho años, desde el primer momento en que la vi, me robó el corazón. Quizás pareciese un ángel... pero idéntica a sus hermanos, no le importaba mancharse las manos de sangre para terminar con su objetivo.
Aunque al señor Richard no le gustaba que yo estuviera con Nat, era imposible estar alejado de ella. Siempre que podíamos nos íbamos juntos a jugar al patio de al lado, a veces cuando ella despertaba la esperaba escondido junto a la escalera, y al salir del dormitorio, íbamos a dar una vuelta por los alrededores.
—Nat, ¿sabes por qué hacéis esto?
Siempre le hacía esa misma pregunta, pero nunca me respondía, siempre solía cambiar de tema, o simplemente, sólo miraba al suelo.
A los diecisiete años, estaba desayunando junto a Charlie, me apeteció hacer desaparecer algunas dudas sobre nosotros.
—¿Por qué hacemos esto?-le pregunté por curiosidad a Charlie.
—Es nuestro trabajo-me contestó pasándose la mano por el rubio cabello.
—¿Y nunca habéis pensado que lo que estáis haciendo está mal?
—¿Qué es lo que os hace la gente de afuera?-le pregunté con los ojos entreabiertos, ansioso por esperar una respuesta.
—Pues no nos han valorado nunca tal y como somos-contestó David mientras removía el café con una cuchara.
—¿Por qué no os valora tal y como sois?
—Porque son unos desagradecidos-dijo tomándose el café.
—¿Son unos desagradecidos o es que vosotros sois unos ladrones que sólo busca fortuna para luego gastarlos en mujeres de la calle?
Una bofetada retumbó en toda la casa, acompañada del ruido de la taza y el sonido de la silla en la que estaba sentado tras golpearse contra el suelo.
—¡¿Qué ha ocurrido?!-dijo asustada Nat, entrando por la puerta en ese instante, me encontró tirado en el suelo con la cara colorada-¡Luke! ¡¿Qué te ha ocurrido?!-me preguntó agachándose hacia mí, observando mi cara dolorida.
—¡¡NAT!! ¡Vuelve a tu cuarto!-le ordenó el Seño Richard, el cual llegó al oír tal escándalo-¡¡YA!!-le gritó cerrando la puerta tras ellos.
—¡David!-le decía Eddie, el cual estaba sentado al lado nuestra-¡¡No se merece que lo trates así!! Debes saber que está asustado y que no sabe nada de lo que está ocurriendo, ya que lleva muchos años encerrado aquí!
—¡¿Cómo osas hacer eso?! ¡No es posible que le pegues por decir tal cosa!-le dijo Charlie a David.
—¡No es normal que un crío como este diga tal estupidez de nosotros!
—Si a estupidez te refieres a decir la verdad...-le respondió Charlie.
En ese instante, David empuñó un cuchillo que había en la encimera.
—¿Cómo sois capaces de hacerle caso a un niñato como este?-preguntó señalando a Charlie-Sabía que podías ser tan estúpido, hermano, pero esto ya es pasarse de la raya.
—¡David! ¡Suelta el cuchillo!-le gritó Eddie, mientras que Charlie se cubría con las manos.
—Lo siento, Eddie, pero tu hermano ya me tiene harto-dijo abalanzándose sobre él cuchillo en mano.
—¡¡¡NO!!!-gritó Eddie golpeándolo, dejándolo caer sobre una mesa redonda.
El cuchillo cayó justo al lado mío. En ese momento, lo sujeté, me levanté del suelo, y empecé a apuntar a David.
—¡No! Luke, estate quieto-me decía Charlie-, así sólo conseguirás enfadarlo más.
—¡¡¡DEJA EL CUCHILLO SOBRE LA MESA!!!-me sobresaltó Richard desde la puerta, en ese instante lo posé en la encimera-¿Qué se supone que está pasando aquí?
—Nada importante-dijo en voz baja David-, discusiones de hermanos...
En ese momento, todos nos miramos sorprendidos, al ver que no siguió la discusión.
—Bueno, dejad de hacer escándalo-a continuación, cerró la puerta dando un fuerte portazo.PARTE 3: La rehén
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